Fundamento, esencia y funciones de la pena en el magisterio de Pío XII PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Gerardo Damián Bonastre   

Gerardo Damián Bonastre

 

Pontificia Universidad Católica Argentina

"Santa María de los Buenos Aires"

Facultad de Derecho y Ciencias Políticas

 

"FUNDAMENTO, ESENCIA Y FUNCIONES DE LA PENA EN EL MAGISTERIO DE PÍO XII"

 

Resumen: La ponencia busca indagar cuáles son los fundamentos, la esencia y las funciones de la pena en tres documentos magisteriales del Papa Pío XII (Nous croyons. El Derecho Penal internacional; Accogliete, illustri. La culpa y la pena en sus mutuas conexiones y Come rappresentanti. La ayuda cristiana al encarcelado) desde una perspectiva amplia que incluye al Derecho, a la Filosofía y a la Teología.

 

1. Introducción

 

Al adentrarnos en la cuestión de la pena vemos que se confunden, no pocas veces, tres aspectos que deberían distinguirse claramente: el por qué, el qué y el para qué. El primero responde a su fundamento; el segundo, a su esencia; y, el tercero, a sus funciones.

Comenzaremos, entonces, por destacar la importancia de su tratamiento desde una óptica amplia que incluya al Derecho, a la Filosofía y a la Teología. Luego, nos aproximaremos a lo que el Papa Pío XII ha expuesto acerca del fundamento, la esencia y las funciones de la pena en tres de sus documentos magisteriales. Finalmente, ensayaremos algunas conclusiones respecto del objeto de la presente ponencia.

 

2. Necesidad de una visón amplia del problema de la pena

 

La pena puede ser analizada desde múltiples puntos de vista. No obstante, por lo general no se hace demasiado hincapié en determinados aspectos que a continuación veremos, pues los trabajos que dan cuenta de esta realidad suelen restringir su visión dejando de lado su tratamiento completo. Pero ya decía Pío XII: "[...] no se diga que estas consideraciones teológicas y religiosas caen fuera del campo y del interés de la ciencia y de la práctica jurídicas. Sin duda, una neta distinción de competencias es ventajosa para la vida y para la verdadera ciencia; pero en esta autolimitación no se ha de llegar hasta ignorar o negar explícitamente las conexiones inseparables que por necesidad intrínseca se manifiestan en todas partes".

Pronto se cumplirán cincuenta años desde que Pío XII pronunciara el primero de tres discursos que no han sido, quizás, aprovechados íntegramente para obtener una perspectiva teológica y filosófica del Derecho Penal; sin embargo, Nous croyons. El Derecho Penal internacional (discurso pronunciado el día 3 de octubre del año 1953

en el VI Congreso Internacional de Derecho Penal, a la sazón realizado en Roma), Accogliete, illustri. La culpa y la pena en sus mutuas conexiones (extensa exposición efectuada los días 5 de diciembre de 1954 y 25 de febrero de 1955 en el VI Congreso Nacional de la Unión de Juristas Católicos Italianos) y Come rappresentanti. La ayuda cristiana al encarcelado (último discurso sobre el Derecho Penal, pronunciado el día 26 de mayo de 1957 ante la Unión de Juristas Católicos Italianos) son de una claridad, contundencia y erudición propias de este Papa, que ha participado en la elaboración del Código de Derecho Canónico del año 1917. El último libro de ese código se intitulaba específicamente "De delictis et poenis". Dentro de su gran formación intelectual, además de ser Doctor en Teología, Pío XII era Doctor en Utroque Iure (es decir, en Derecho Civil y Canónico), profesor de Derecho Canónico en la Facultad Jurídica de San Apolinar, y de Derecho Civil y Canónico en la Academia para Nobles y Eclesiásticos. Y el lema de su escudo de armas rezaba, en consonancia, "Opus justiciae pax" ("La paz es obra de la justicia").

Cabe recordar que la época en que fueron pronunciadas las disertaciones (entre los años 1953 y 1957) fue posterior a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, y a los juicios de Nüremberg y de Tokio, en los cuales se afianzaron principios jurídico-penales fundamentales, no sólo para la proyección futura de tribunales internacionales, sino también para los sistemas penales de cada Estado. Por este motivo, en sus alocuciones abundan referencias a dichos eventos.

Por un lado, el objeto que nos ocupa —la pena— es un hecho histórico innegable, que se ha aplicado a personas (y hasta a cosas) por infringir determinadas normas trascendentes para la conservación de la paz social. Parece absurdo aclararlo, pero dada la cantidad de textos de tendencia abolicionista —que vagan desde posturas más o menos moderadas hasta otras extremas y utópicas— es válido recordar que la pena ha cumplido y cumple un rol cardinal en toda sociedad, sea ésta civilizada o no. Si en un futuro seguirá desempeñando dicho rol, no lo sabemos. Pero ello dependerá en gran medida de la justificación que se le proporcione; y de ahí la importancia de plantearse este tema: para no encaminarnos apaciblemente hacia un estado absoluto de disolución social.

Por otro lado, si los fundamentos mismos del Derecho Penal (así denominado porque su principal función es la aplicación de penas a quienes cometen delitos) quedan a merced de "modas intelectuales", llegará un momento en que estará totalmente desvinculado de sus cimientos, del Derecho Natural y —en última instancia— de Dios mismo, "fuente de toda razón y justicia", como reza el Preámbulo de nuestra Constitución Nacional.

Por último, advertimos que la esencia de la pena suele confundirse con su fundamento y con sus funciones. Así, cuando uno explora en libros de Derecho Penal qué es la pena, encuentra respuestas que transitan el abanico que va desde un retribucionismo puro y excluyente hasta posturas abolicionistas extremas. Pero rara vez los autores responden a la pregunta de qué es la pena en sí. Debo adelantar que la respuesta a esta cuestión se encuentra íntimamente vinculada a las funciones y al fundamento que se le atribuya, puesto que, como partimos del factum incontrovertible de la existencia de la pena, su finalidad guarda relación con su cometido histórico-político y con sus raíces filosófico-teológicas. Las funciones que se le endilguen tienen preeminencia respecto del fundamento. Es decir: generalmente se busca

definir primero para qué sirve la pena (como encontramos actualmente en el art.1.° de la ley 24 660, donde se afirma que "la ejecución de la pena privativa de la libertad, en todas sus modalidades, tiene por finalidad lograr que el condenado adquiera la capacidad de comprender, y respetar la ley procurando su adecuada reinserción social, promoviendo la comprensión y apoyo de la sociedad"), y luego se analiza por qué se aplica. Esto responde, en gran medida, al deslinde que la dogmática jurídico-penal hace de las áreas filosófica y teológica, que indagan el sustento mismo del Derecho en su conjunto.

 

3. Aproximación a los fundamentos de la pena en el magisterio de Pío XII

 

El Papa Pío XII no se ha apartado de lo que tradicionalmente la Iglesia ha expuesto acerca de los fundamentos del Derecho Positivo y —por ende— del Derecho Penal. Con excepción del Derecho Positivo per se, el ordenamiento jurídico debe fundarse sobre cimientos ontológicos (estables e inmutables) y sobre la naturaleza humana. Cualquier tipo de positivismo es duramente criticado por el Sumo Pontífice, pues un Derecho Positivo originado en el puro consenso o en ideologías no puede ser más que un sistema mutable, arbitrario y sólo accidentalmente justo.

Pío XII entiende el Derecho Penal como un modo de conservación de la vida social pacífica y ordenada en la que hay gente que no se atiene a las normas; de ahí que la sociedad tenga derecho a protegerse y a asegurar el orden normativo por un bien mayor de la comunidad, y hasta del reo mismo. Un sentido humano espontáneo de la justicia exige una sanción para los actos más graves contrarios a la moral, puesto que (como expuso Santo Tomás de Aquino) la ley está hecha para la generalidad de los hombres y no para redimir todos los vicios.

Un capítulo entero de Nous Croyons está dedicado a los "Fundamentos del Derecho Penal". Allí establece cuatro bases sólidas para su conformación:

1.°) Como todo el Derecho, debe estar basado en el orden ontológico y en la naturaleza humana, temas íntimamente vinculados. Es evidente que toda cosmovisión que desligue el Derecho de estos aspectos (o directamente los niegue) puede darle cualquier fundamento a la pena. Así, podría estar anclada, por ejemplo, en la "voluntad general" o en la "voluntad del más fuerte": en el primer caso, la pena tendría sentido en virtud de la suma de voluntades; en el segundo, por la aptitud en un sujeto —o de varios— para imponer su voluntad sobre la de los demás. Y en esos sistemas, penas de cualquier tipo no sólo serían legales sino también legítimas.

2.°) El hombre es un ser personal dotado de inteligencia y de voluntad libre, no carente de condicionamientos, pero tampoco determinado (como aducen aquellos que quieren reducir las penas a medidas de seguridad). En caso de que hagamos a un lado la inteligencia humana, caeremos en voluntarismos como los ya mencionados; y si negamos el libre albedrío, pues no sería posible dar sostén alguno a la pena propiamente dicha, aunque sí quedarían en pie las medidas de seguridad.

3.°) El hombre es un ser responsable por sus actos culpables. La culpabilidad y la responsabilidad son también fundamentos de la pena. Pero, dada su complejidad, nos detendremos en este vasto campo en otro trabajo.

4.°) La protección de la comunidad contra los delitos debe ser asegurada por el Derecho Penal en vistas de un plano superior, y la pena restablece el orden violado por el delincuente ante el Juez Supremo; de este modo, el Derecho mismo reconoce su origen sagrado, y se expone a castigos quien se atreve a violarlo. Éste es el único fundamento insoslayable del orden social, como veremos más adelante.

En Accogliete, illustri, Pío XII se explaya sobre el camino que realiza quien comete un delito. Lo podríamos sintetizar del siguiente modo: el hombre arranca de un estado de inculpabilidad; continúa con la comisión del hecho culpable delictivo que lo lleva a un estado de culpa y de pena (reatus culpae et poenae); y luego viene el camino inverso que "debe" recorrer el condenado, que no es otro que el del arrepentimiento y el de la expiación, hasta la liberación total de la culpa y de la pena. Este recorrido que parte del estado de inculpabilidad (y que debe volver a él) es analizado en profundidad por el Sumo Pontífice desde los puntos de vista psicológico, jurídico, moral y religioso. Todos estos son aspectos que están en cada momento del ciclo y pueden separarse únicamente para estudiar mejor los pasos, pero jamás desvincularse.

Todo delito es siempre una toma de posición ante otra persona, ante la autoridad humana y contra la autoridad divina "[...] cuya majestad, justicia y santidad son despreciadas y ofendidas en cada acto culpable", porque un delito es al mismo tiempo (de ser correctamente tipificado) una violación de una norma ética y religiosa. La pena alcanza así al autor —a su yo— y no al hecho culpable. Dios, Juez Supremo, claro e infalible, está presente en la resolución interna y en la ejecución externa del delito; y, por eso, le compete el juicio último sobre la suerte definitiva del condenado. Pero también, en algunos casos, durante la vida misma del hombre se ejecuta ya la pena. Dios restablece siempre el equilibrio en aquello donde los jueces humanos erraren (de hacerlo) inmediatamente después de la muerte y en el Juicio Final.

Trata allí también Pío XII el tema del sufrimiento que produce una pena. Dicho sufrimiento, en la vida terrena, es un camino que conduce a la profundidad, a lo interno del sujeto, lo cual tiene un gran valor moral. Aduce que si se soporta con fe, arrepentimiento y amor, es santificado por los dolores de Jesucristo; recuerda a su compañero de crucifixión que le pidió se acordara de él cuando entrara en Su Reino, a lo que respondió: "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso", aunque ello no lo privó de sus dolores. Este último dato es de suma importancia, porque muestra el funcionamiento de la pena en este mundo y el valor salvífico del dolor en general.

Finalmente, en Come rappresentanti, Pío XII hace una síntesis de su pensamiento con respecto a la pena en general; la relaciona íntimamente con la culpa del hombre, que procede (en principio) en forma voluntaria y libre al cometer un delito. En ese sentido, afirma que Dios mismo castiga, puesto que "lo que cada uno haya sembrado, eso recogerá" (Gál. 6, 7), y el que siembra culpa recoge castigo como respuesta de Dios a los pecados de los hombres por oponerse a su Voluntad y preferirse a sí mismos. Pero destaca que la pena impuesta por el hombre debe guardar analogía con el castigo divino que es su fundamento. Este dato relevante lo hace exclamar: "¡Ojalá el Derecho Penal humano, en sus juicios y en sus ejecuciones, no olvide al hombre en el culpable y no deje de ayudarle y confortarle para que vuelva a Dios!".

 

4. Aproximación a la esencia y a las funciones de la pena en el magisterio de Pío XII

 

Hemos adelantado que la esencia de la pena guarda una íntima relación con las funciones que cumple. Por este motivo trataremos juntos estos aspectos que, si bien en algunos casos se confunden (puesto que el fin coincide con la esencia), no siempre van de la mano. Pío XII es muy claro en este sentido: la pena, por antonomasia, es esencialmente un castigo, y su función es restablecer el orden turbado por el delito. Por ende, es retributiva. Pero esto no lo afirma sin más, porque advierte que el Derecho humano debe derivarse del divino; y, puesto que la máxima pena concebible es la impuesta por Dios mismo sin límite temporal y sin posibilidad de enmienda alguna, de allí deben derivarse la esencia y las funciones de la pena para la convivencia social en este mundo. En modo alguno descarta la prevención general ni la especial, pero en varios pasajes de sus alocuciones destaca la esencia vindicativa como función principal de la pena.

Antes de incursionar en los documentos de Pío XII, queremos asentar que desde la óptica jurídico-penal se clasifican habitualmente las penas en diversas teorías: retributivas, de la prevención general (positiva o negativa), de la prevención especial y mixtas (o de la unión). Sin embargo, la Iglesia ha distinguido clásicamente las penas en medicinales (o censuras) y vindicativas (o expiatorias). También están regulados en el Código de Derecho Canónico los remedios penales y las penitencias.

En el discurso Nous croyons por primera vez Pío XII aborda la cuestión de la esencia y de las funciones de la pena. Rechaza con firmeza a los que hablan "fácilmente" de medidas de seguridad para sustituir o acompañar penas, basándose en la herencia, disposiciones naturales, educación e influencias del inconsciente; esto es por sus consideraciones sobre el hombre como ser personal y libre que vimos con anterioridad.

Afirma Pío XII que el Derecho Penal es una reacción del orden jurídico contra el delincuente culpable por la cual se impone una "pena dolorosa" al autor. Si bien entiende que hay teorías que toman al Derecho Penal sólo como un modo de defensa de la comunidad, destaca que lo fundamental es la expiación del delito cometido que sanciona la violación del Derecho como función capital de la pena. Agrega que pueden aceptarse otras funciones, siempre y cuando se tenga en cuenta la naturaleza del hombre y la esencia de la culpa, porque sólo así se explica la posibilidad de dar satisfacción al orden vulnerado. Con la pena el responsable es sometido por la fuerza al orden.

Dando un paso más, asevera que en el orden metafísico la pena es una consecuencia de la "dependencia de la Voluntad Suprema" que está "grabada hasta en los últimos repliegues del ser creado". Así protege el Derecho mismo por su carácter sagrado. Entonces, la distinción entre penas vindicativas (poenae vindicativae) y penas medicinales (poenae medicinales), que los juristas consideraban como ya superada, recobra sentido, porque la función vindicativa de expiación ocupa el primer plano, y la función de protección se halla comprendida en los dos géneros de penas, como en el Derecho Canónico.

En su intervención Accogliete, illustri el Sumo Pontífice se extiende con magistral destreza por el territorio jurídico-penal. Entiende, con Francisco Carnelutti, que la pena es la reacción exigida por el Derecho y la Justicia frente a la culpa: son como el golpe y el contragolpe. El orden violado con el hecho culpable exige la reintegración y el restablecimiento del equilibrio turbado, y es oficio propio del Derecho y de la Justicia custodiar y salvaguardar la concordancia entre el Deber, por una parte, y el Derecho, por otra, y el restablecerla si fuese lesionada. Entonces, el sentido y la finalidad es reinstalar en el orden del deber al violador del Derecho. Dicho orden se basa —ya lo anticipamos— en el ser, en la verdad y en el bien.

La pena es un sufrimiento en tanto que privación de un bien e imposición de un mal. Es indispensable que el reatus culpae —pues debe mediar una relación causal subjetiva además de objetiva entre autor y delito— se convierta en reatus poenae. Ese nexo sirve para conocer la medida de la pena que ya comienza a padecer el imputado de un delito desde el proceso penal mismo.

En el aspecto vindicativo, menciona que muchos juristas rechazan la "Teoría de la Retribución" aunque vaya unida a una función medicinal; dice que mientras el hombre viva sobre la tierra también la pena vindicativa puede y debe servir a su definitiva salvación, siempre que el hombre no ponga obstáculos a la eficacia saludable de tal pena. Esta eficacia no se opone en modo alguno a la función de equilibrio y de reintegración del orden turbado que hemos indicado ya como esencial.

La privación de un bien o la imposición de un mal aplicada por una autoridad legítima al autor de un hecho delictivo culpable es adecuada a la perturbación del orden jurídico. Así, el condenado debe reconocer el acto malo que le acarreó la pena, arrepentirse, expiar su delito, purificarse y proponerse un fin eficaz para el porvenir. Pero no se engaña Pío XII en cuanto a que éste es el camino que "debería" seguir un condenado y no el que necesariamente sigue, que puede ser un desplome total o un soberbio endurecimiento en el mal.

La pena implica, ya lo dijimos, un sufrimiento. Ese sufrimiento puede ser un progreso en la vida interior, y es una reparación y restablecimiento del orden social culpablemente violado. Lo esencial de la vuelta al bien consiste propiamente no en la aceptación voluntaria del sufrimiento, sino en el apartamiento de la culpa. De este modo, el sufrimiento puede ascender hasta un "[...] heroísmo moral, hasta una heroica paciencia y expiación".

El condenado puede realizar una verdadera μετάvοια (o cambio de mentalidad), a través del arrepentimiento como voluntario dolor, tristeza voluntaria del alma por el mal realizado, porque es malo su acto, contrario a las normas, y —en definitiva— contrario a Dios. En esta íntima κάθαρσις se realiza también, y está contenido, el alejamiento del falso bien al cual el hombre se había entregado con el acto culpable.

El reo vuelve a someterse al orden de lo justo y de lo recto, en la obediencia al Autor y al Tutor contra el cual se había rebelado. Se requiere, también, para la liberación de la culpa, una confesión compungida y una íntima súplica de remisión y de perdón. Esa liberación de la culpa puede ser realizada libremente o, hasta cierto punto, forzada por los sufrimientos de la pena infligida, o ambas cosas al mismo tiempo. Pero,

generalmente, los Estados se contentan con intentar reeducar para el trabajo, las relaciones sociales y el obrar rectamente.

Pío XII puntualiza que no toda pena lleva consigo una remisión, pues la Revelación y el Magisterio de la Iglesia establecen que después del término de la vida terrena aquellos que son reos de culpa grave sufrirán, de parte del Supremo Señor, un Juicio y una Ejecución de la Pena de la que no es posible liberación o perdón. Por tanto, esa duración de la pena sin límite es Derecho vigente. Recalca, sin embargo, que la equidad, la bondad y la misericordia deben tenerse en cuenta, so peligro de convertir summum ius en summa iniuria. El hecho de realzar y privilegiar la pena vindicativa no implica que desconozca que el ideal en la tierra es la salvación espiritual y la purificación del penado.

Finalmente, en Come rappresentanti, habla Pío XII del mundo triste del sufrimiento impuesto que la severidad de la justicia ha creado, no para deprimir, sino para redimir al delincuente. Compara al enfermo que no debe sufrir con el condenado que, en cambio, debe sufrir. Explica que el sentido y el fin de la pena es esencialmente la reparación de la culpa y la restauración del orden violado, imponiendo a la voluntad del rebelde el sufrimiento. Dios lo constriñe a someterse a Su Querer, a la Ley y al Derecho del Creador, y a restaurar así el orden quebrantado. El castigo divino, sin embargo, no agota de esta forma todo su sentido, al menos en este mundo y durante la vida terrena. Ese castigo tiene también otras finalidades que son incluso, en parte, preponderantes, porque —a menudo— las penas queridas por Dios son más bien un remedio que un medio de expiación, más bien poenae medicinales que poenae vindicativae que invitan al reo a reflexionar sobre su culpa y sobre el desorden de sus acciones, y lo inducen a separarse de ellas y a convertirse. De este modo, sufriendo la pena infligida por Dios, el hombre se purifica íntimamente, refuerza las disposiciones de su voluntad, renovada hacia el bien y hacia lo justo. Y en el campo social, la aceptación de la pena contribuye a la reeducación del culpable, le hace más apto para insertarse nuevamente como miembro útil en la comunidad de los hombres contra la que su delito le había puesto en oposición.

Insta Pío XII también a adoptar frente al sufrimiento una justa actitud, es decir, a darle el sentido de expiación y de reintegración al orden. Y, para finalizar, menciona que "Dios contempla la culpa del encarcelado que exige una plena satisfacción. Bajo este aspecto, la pena corresponde a la culpa; el sufrimiento cae sobre el hombre como un castigo".

 

5. Conclusiones

 

Entendemos así que la esencia y las funciones de la pena según el magisterio de Pío XII se basan en un fundamento ontológico y antropológico clásicos; es decir, en última instancia, en Dios mismo. Puesto que Dios existe, hay un Orden Natural sobre el cual el Derecho debe fundarse, respetando la naturaleza humana, dada e inmutable.

No cabe término medio: se opta por una cosmovisión trascendente o inmanente; en el primer caso, el fundamento de la pena es claro; en el segundo, la pena, el Derecho Penal y todo sistema normativo son absolutamente arbitrarios, mutables y consensuados; pues quienes no basan la pena en Dios pueden darle cualquier

función, lo cual repercute en su misma esencia, y hasta pueden llegar a deslegitimarla en sus cimientos.

Sobre ese fundamento vemos que la esencia y las funciones de la pena guardan una estrecha relación. Según Pío XII la esencia de la pena es vindicativa o retributiva y, en este sentido, coincide con su principal función. La pena es un castigo impuesto por la autoridad a raíz de la violación culpable del orden jurídico. El caso paradigmático es la Pena Eterna impuesta por Dios, autoridad suprema. Así las cosas, el Derecho debe tomar esta esencia y función de modo analógico.

No obstante, reconoce el Sumo Pontífice que así como en el Derecho Canónico existen además de las penas vindicativas las penas medicinales, estas últimas pueden válidamente ser adoptadas por el Derecho Civil, siempre y cuando no se desnaturalice la esencia misma de la pena o se contradigan sus fundamentos.

 

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Gerardo Damián Bonastre

(Abogado)

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