| La cárcel del fin del mundo |
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| Escrito por Carlos Parma |
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LA CARCEL DEL FIN DEL MUNDO
Nunca tan lejos de los hombres. Nunca tan cerca del hielo. Hermano del gélido viento, el punto más austral del planeta fue siempre impiadoso. Nuestra curiosidad y espanto nos conduce al mapa, aquel que nos muestra una remota isla más allá del continente americano. Se trata del presidio para reincidentes de Ushuaia: un monumento a la sin razón.
Esta cárcel de máxima seguridad funcionó activamente desde 1902 hasta 1947. Vaya a saber que morbosidad posmoderna –al igual que ocurre con Alcatraz y otras tantas- hace que sean convertidas en museos. Valiéndose de una cantera cercana a la Ciudad de Ushuaia, Argentina, los presos fueron obligados a construir su propio encierro. Y aunque las paredes eran anchas y la seguridad un apotegma, de nada valía escaparse de ese infierno, pues otro infierno desolado y “bajo cero” esperaba agazapado predestinando el desenlace fatal. Fiel al estilo de la época la cárcel constaba de cinco pabellones distribuidos en forma de panóptico. Cada pabellón tenía 79 celdas pequeñas y unipersonales con una diminuta vista al exterior. Imagen que por cierto aterrorizaba aun más las mentes de los internos. En épocas arcanas, con 386 celdas individuales, la cárcel alojó más de 600 penados, algo más del doble de su capacidad. Este mal endémico del hacinamiento en cárceles latinoamericanas es un denominador común atemporal. Los primeros presos llegaron a bordo del buque " 1 de mayo" en 1896, al antiguo penal, El régimen aplicado se baso en el trabajo retribuido y una severa disciplina. De este presidio se alimentaba toda la región, las necesidades de la población estaban cubiertas por la cárcel.
Los penados trabajaban en los talleres radicados en del presidio, que incluían fotografía, impresión, sastrería, carpintería, panadería, servicio médico y farmacia.
Los penados fueron utilizados como mano de obra barata para el Estado. Caminos y puentes, sumados a la cruel explotación de la madera son testimonio de ello. En el año 1910 construyeron las vías del aún subsistente “Tren del fin del mundo” de 25 kilómetros de extensión. Dable es de aclarar, que recién en el año 1943 la Cárcel implementó allí un hospital, dejando así al descubierto la filosofía de deshumanización que iluminó toda su existencia. La cárcel era un verdadero castigo sobre el castigo. Alojó reincidentes, importantes políticos proscriptos y periodistas críticos. La lombrosiana doctrina penal y los medios de comunicación en forma macabra crearon un icono: “el petiso orejudo”. Los peritos forenses y los profesores universitarios hijos del peligrosismo extremo diagramaron una caricatura con este menor. Hicieron un culto de sus supuestas deformidades y así las relacionaron con su “perversidad”. Con el tiempo Santos Godino fue también una mórbida víctima más de ese encierro. Habìa nacido en Buenos Aires en 1896 y su primer encierro data de 1906. El aterrador crimen de la calle Pavón fue el prefacio de una serie numerosa de muertes a niños. En 1923 ingresó en la celda 90 del penal de Ushuaia. Sin visitas, sin cartas que le llegaran, naltratado y atrapado por una larga enfermedad, Godino murió en 1944. El penal fue cerrado en 1947 por el Gobierno de Juan Perón.
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