El aumento desmedido de la violencia en todas sus formas y la violación sistemática a Derechos elementales y humanos, ya sea por acción, omisión o exclusión, conviven entre nosotros.

El tráfico de mujeres y niños, el maltrato intrafamiliar, el narcotráfico, la discriminación, la esclavitud laboral, el creciente índice delictivo y el abuso sexual son una de las tantas formas en que se expresa la bajeza humana y en su especificidad la violencia. En el vórtice de este flagelo están las víctimas de carne y hueso, inmersas en una sociedad que aspira utópicamente a ser justa, igualitaria, solidaria y –de suyo- profundamente humana.

Ante la presencia de teorizaciones, argumentos eruditos de la academia  y contestaciones baladíes de la política, se encuentra el dolor de quienes sufren injustamente una agresión  y deben “seguir viviendo”, gracias a su propia resilencia adaptándose al trauma o la adversidad, fabricando  emociones positivas  para respuestas cognitivas saludables. Tal temperamento no deja de sorprender a quienes aun contando con prolongada experiencia en la materia, observamos víctimas de tragedias tienen activados circuitos neuronales (sinapsis)  que le otorgan una “neuro plasticidad” positiva y por ende salen del problema fortalecidos.

La primera obligación impostergable e imprescindible que le cabe a la academia universitaria  en este mal endémico, es la de  crear espacios de reflexión que sirvan no sólo para comprender esta compleja problemática social sino para dar respuestas prácticas y concretas desde el punto de vista  de la seguridad sustentable, proponiendo medidas legítimas y efectivas en el combate contra cualquier forma de violencia.

Es cierto que la violencia causa dolor en las víctimas aunque paradogicamente también se vuelve contra los agresores. No es extraño entonces que muchos adolescentes estén “condenados” a que su vida se acorte por motivos endógenos o exógenos. Estos factores como idea criminológica cobró fuerza después de la mitad del siglo XX cuando se empezaron a examinar las variables sociodemográficas y económicas  que controlaban ciertas áreas geográficas con desventajas sociales, déficit en servicios públicos, muchos inquilinos por vivienda, sin prestaciones de seguridad social, desorganización familiar, etc.

La precariedad con que viven muchos actores sociales no debe establecer una excusa para delinquir ni servir tampoco a título de inculpabilidad. Admitir este postulado sería abrir un espacio de inter acción violenta, un abismo espiralado, cuya herida incicatrizable siempre la soporta la víctima. .

La seguridad sostenible es una condición esencial para el efectivo goce de los derechos humanos. Sin embargo nuevos y sofisticados miedos quiebran el equilibrio inestable de la seguridad, es decir ese Don que nos hace sentir que el “otro” no nos va a atacar.

Los miedos forman parte de lo cotidiano: miedo a salir a la calle, miedo a perder el  trabajo, miedo al tránsito vehicular, miedo a que una bala asesina nos abrevie la existencia, miedo al futuro, miedo al extranjero –que es el diferente-, miedo a la reacción de los violentos, miedo a quedarse solo y curiosamente miedo a la pareja, miedo a pensar, miedo a tener miedo.

El miedo es un estado emocional negativo generado por el peligro o la agresión grave e inminente y es clave para la toma de decisiones.

Centralmente el miedo se asocia a la supervivencia pero el ser humano le agrega emociones, puntualmente sentimientos. Un pequeño núcleo de neuronas situado en los lóbulos temporales del cerebro es crucial en la detección y expresión de las emociones: la “amígdala”. La amígdala es una “alarma” que se activa frente a un peligro concreto y obliga al cuerpo a una respuesta inmediata.

Efectivamente, cualquier acción –aun en un cuerpo inerte- genera una reacción, pues como se sabe científicamente – 3ra. Ley de  Newton- las fuerzas de acción y reacción tienen la misma magnitud y en sentidos contrarios. En la interacción humana la regla sufre al menos dos importantes correcciones: una es la irritabilidad que hace que el agente sufriente pueda contestar el agravio con un tenor mucho mayor al recibido y por otro lado la imaginación que nos puede hacer contestar una agresión que no existió.

Este universo conjetural nos puede hacer ver que el señor que obstaculiza momentáneamente el tránsito es  un enviado que nos quiere hacer perder el trabajo pues llegaremos tarde por su culpa. Ni que hablar de aquellos que conviven con las “catástrofes” pensando todas las cosas malas que pueden suceder, por ejemplo que “el picaporte esté envenenado”.

Se ha afirmado que “el miedo es el conocido sentimiento de desagrado ante la perspectiva de un mal, unido al impulso a librarse del peligro, no a combatirlo”, aunque más sencillo es creer que el miedo es siempre a lo desconocido o ignorado.

Estos miedos cotidianos e individuales tienen su muestra en lo colectivo. A su vez ese reclamo permanente y virulento se transforma en normas que siempre son represivas, pues a la política no se le ocurre realizar tareas en el plano educativo o de salud mental. La contestación espasmódica es lo que prevalece y así estamos: de mal en peor.

Las llamadas sociedades de “riesgos” hacen que ya existan conductas esperables de parte de las víctimas y se les recrimine, cuando esto no sucede, su “autopuesta en peligro”. Resulta alarmante que un Juez diga lo que un sujeto debió o no debió haber hecho cuando estaba apuntado con un arma. Esta versatilidad de ponerse en lugar del otro para decidir, fue por demás conocida en la dogmática jurídico penal con el arribo del “finalismo” que, con base en la libertad humana, entendía que el hecho delictivo era reprochable cuando pudiendo obrar de otro modo el imputado no lo hizo.

En prieta síntesis nadie puede afirmar científicamente como obraría una persona ante tal o cual emergencia. Ni uno mismo podría hacerlo.

La clave para determinar las actitudes en las víctimas  será “la toma de decisión”, lo que de suyo se inserta dentro de los enigmas del cerebro. La evidencia sin embargo nos enseña que decidimos en base a LAS EMOCIONES, lo que implica asegurar científicamente que áreas del cerebro se activan antes del control evaluativo o racional (estudios de Benjamín Libet). La neurociencia se ha encargado de estudiar exhaustivamente el área orbitofrontal, involucrada íntimamente en el proceso de toma de decisiones (área emocional), sin descartar luego aquellas que aparecen en relación cognitiva (corteza prefrontal dorsolateral y dorso medial).

Es tos miedos llegan a nosotros por contacto directo o bien por narraciones o imágenes. Aquí aparece un factor que prevalece, que domina: los medios de comunicación. Estos  sin límite alguno incrementan a diario la sensación de inseguridad. Así se afecta otro mecanismo cerebral usado de protección: la ansiedad.

Si el miedo es el que detecta el peligro concreto, la ansiedad se anticipa, dependiendo de habilidades cognitivas. Esta ansiedad vislumbra escenarios posibles en el futuro y  también recrea eventos del pasado que podrían haber ocurrido. En síntesis la ansiedad es un instrumento útil para resolver los problemas antes que sea tarde, es decir invita al ser humano a estar preparado antes que el peligro llegue. La pregunta impostergable sería porqué en Europa y en las grandes ciudades latinoamericanas las enfermedades, síndromes y males productos de la ansiedad desmedida son comunes.

La neurociencia se ha encargado de estudiar afondo este fenómeno posmoderno, demostrando que el miedo paraliza a sociedades enteras y es caldo cultivo de los autoritarismos (sólo basta recordar los textos de Hobbes o las dictaduras latinoamericanas del siglo XX).

Esta paranoia se torna prontamente colectiva, De todo se sospecha y en nada se confía de tal manera que el prójimo pasa a ser una amenaza y no una esperanza.

Ocurre que ciertos sectores sociales o grupos etarios parecen “apasionadamente miedosos”. En este sentido se puede decir que “la pasión es en el orden afectivo lo que la idea fija en el orden intelectual”[1]. Esta “fijación puede responder a un  miedo primitivo, inconsciente, instintivo, que tiene por base la denominada “memoria afectiva”.

Este miedo mayúsculo  –como se anticipó- se asocia con el espacio urbano, pues las elites económicas han creado ciudades dentro de las ciudades, un sitio fortificado donde obviamente el pobre queda segregado. Se parte de la idea que entre áreas electrónicas computarizadas, con bancos de datos y policía privada el miedo se reduce pues el terror queda afuera. Pagar para tener seguridad, cuando el Estado recauda incansablemente dinero que debería destinar a la tranquilidad pública, es una vuelta al medioevo donde el miedo se ha hecho “carne”  observándose en los grandes centros urbanos casas “amuralladas”, barrios enteros “fortificados”, en un permanente estado de “hiper vigila” y autorreferenciados.   .

La solución no es imposible y sólo comenzará cuando se consolide un espíritu positivo, solidario e inteligente que haga abrir la puerta de la tolerancia, la empatía y el diálogo fraterno, para colocar una luz en el camino de la fe, de la esperanza, de un mundo mejor.

CARLOS PARMA

[1]RIBOT,  Theodule,, Psicología de los sentimientos,  Editorial Albatros, Buenos Aires, 1.945, p. 37;.